Es que se va instalando, lenta pero inexorablemente, una sensación similar a la que se expresó con la consigna del “que se vayan todos”. Todos los partidos se igualan hacia abajo a la hora de ser irrespetuosos de las reglas del juego.
Las elecciones se cambian de fecha según la conveniencia del que las convoca. Los candidatos no cumplen sus mandatos y renuncian para ir a nuevas candidaturas o ni siquiera asumen y llegan al “éxtasis sincericida” de avisar de antemano que se someten a las urnas pero que no van a respetar el resultado porque se trata sólo de “candidaturas testimoniales”.
Todos los partidos tienen representantes que cambian de distrito como de camiseta y esas presuntas picardías que no llegan a delito se convierten en cachetadas a una ciudadanía que interpreta que “todo vale” y baja los brazos ante un sistema del que no participa ni valora. La malversación de los contratos electorales es una forma de corromper y degradar la palabra. Es la cultura del engañapichanga.
Pero el país no es la Provincia de Santa Cruz donde él hacía lo que le daba la gana sin detenerse a pensar en que alguien lo iba a objetar. A pesar de todo, hay una parte importante del país compuesto por ciudadanos trabajadores esforzados y decentes y detestan esta maniobra. Todos nos vamos a oponer a esta demolición de la cultura política por parte de este caradura. Y va a tener que retroceder. Pero él sabe que si lo hace hace está muerto porque fue víctima de su propia ridiculez.
DIJO LENIN: EL ENEMIGO RIDICULIZADO, ES UN ENEMIGO MUERTO.

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